De las miles historias que he
vivido en mi corta vida, de las miles personas que he conocido, de los lugares
que he visitado, de las ciudades por las que he callejeado… me quedo contigo.
Aunque no nos confundamos en este punto… Me quedo “contigo”, pero en realidad
me quedo conmigo. Me quedo con muchas cosas sin duda.
Con las buenas, encerradas en una
caja bajo mil llaves. Es difícil callarlas, es realmente difícil silenciarlas.
Pesan, a medida que pasan los días se hacen más presentes. Se cuelan en mi
mundo onírico… Siempre van a estar ahí, hasta el fin de mis días… Como el
recuerdo de una noche de verano.
Sin embargo, también me quedo con
las malas, pero estas, en vez de estar bajo mil llaves, campan libremente por
mis días. Cuando menos me lo espero… están ahí, saludándome con una inocente
sonrisa. Son pequeñas, pero han aumentado hasta tal punto… que han abarrotado
nuestra habitación…
Sin darme cuenta, me he quedado
fuera, con las buenas en una mano y un vacío que me llega al alma en la otra.
Y
ahí, en el rellano de la puerta de una habitación un día que fue nuestra, me pregunto
cómo hemos podido llegar hasta este punto… Porque quizás, de todas las
habitaciones que forman mi vida, la nuestra haya sido una de mis favoritas. Me
encantaba estar ahí… pero esa puerta ya se ha cerrado.
Y en realidad, ¿qué es la vida
sin cerrar puertas?
No espero que lo entiendas,
tampoco espero que cruces esa habitación, porque siempre hay algo que te frena
en seco. Simplemente quería dejar constancia de que no he sido yo la que ha
decido marcharse.