Eres como una fortaleza.
En la primera capa, hay un muro enorme y muy alto adornado con alambre de espino electrificado, por eso, pocos, muy pocos se acercan. Algunos intrépidos, en cambio, vencen sus miedos y prejuicios y se acercan un poco más. Sin embargo, sólo los más valientes y astutos son capaces de ver las pocas puertas que tú misma vas colocando para permitirles pasar. Ellos, muy seguros a la vez que ingenuos creen que tras la primera puerta se acaba todo, que todo aquello es mera fachada. Una vez dentro, contra todo pronóstico, se encuentran con un laberinto lleno de trampas y cepos. No porque quieras hacerles daño, sino porque tienes un interior tan frágil como el cristal que se rompe al mínimo golpe, al mínimo descuido.
Algunos no logran avanzar, se quedan en el laberinto, decidiendo qué camino elegir, preguntándose por qué cosa u otra se topan con un callejón sin salida, una puerta blindada... o por qué, de repente, una trampa mortal cae sobre ellos, dejándoles prisioneros, impidiéndoles avanzar.
No quieres a tus iguales cerca, ellos tienen esa fuerza titánica, que tú posees, para derribarte en pleno laberinto. Conocen tus trampas, saben esquivarlas. Pero, una vez más, tú, previsora, te adelantas a los acontecimientos. Colocas la acertada trampa mortal que hace que se detengan.
Y, por último, están aquellos que van con paciencia. Desencriptándote, leyéndote entre líneas. Resolviendo los acertijos que vas colocando y que son más difíciles según se acercan al corazón del laberinto, un mundo onírico al que nadie ha podido, aún, llegar. Y sólo ellos, aquellos que tienen la suficiente paciencia para saber llevarte, para saber manejarte, logran llegar a la meta.
No es un camino fácil, sin duda, y sé que todavía me queda mucho por recorrer, pero creo que me complementas de una forma distinta, nueva.
Voy a por mi recompensa.